Siguiendo un poco con la temática del post anterior, me quedé pensado en cuánto han cambiado los roles de los padres en los últimos años. Anoche fuimos a comer con una pareja de amigos y su hijita de 8 meses, y otra pareja sin hijos. Esta vez éramos 6 adultos para 3 niños. Decir que el cuidado de los chicos se dividió 50/50 entre madres y padres sería hasta injusto, porque al menos en mi caso, Javi se hizo más cargo que yo, teniendo a Vitto a upa mientras comía y después dándole la mamadera. Incluso el único no-padre fue quien hizo dormir, a upa, a la bebé de sus amigos. Impensable años atrás, ¿no?
Siempre que pasan estas cosas me acuerdo de la película de Sarah-Jessica Parker, "I Don't Know How She Does It". En una escena, su suegra reflexiona sobre cómo han cambiado las formas de crianza. Decía que en sus tiempos, los roles estaban completamente claros: el hombre salía a trabajar, la mujer se quedaba en casa a cargo de los chicos y el orden. Si faltaba plata, era culpa del hombre. Si un hijo lloraba o se portaba mal, era problema de la mujer. Pero ahora, veía ella, todo era culpa de todos, todo era tema de todos. Para ella era, cuanto menos, agotador. Para mí, y la mayoría de los que me rodean, es natural.
Me encanta mi trabajo, estar en contacto con gente y tener cierta independencia económica, y también, por supuesto, me encanta llegar a casa y disfrutar de mis hijos. Pero también me encanta no sentir culpa por eso, saber que tengo al lado a alguien que se siente tan responsable como yo por la crianza y el bienestar de los chicos, alguien que me acompaña en las decisiones grandes y cotidianas, alguien que cambia pañales antes de irse al trabajo.
Cuando nació Genaro, yo creía que era la mujer más afortunada del planeta por haber encontrado al único hombre dispuesto a ser así con sus hijos, pero cuanto más pasa el tiempo y más descubro a amigos y familiares como padres, más descubro que esto es una cuestión generacional, que los tiempos donde los padres no tenían idea de la vida de sus hijos quedaron, por suerte, muy atrás. Y qué feliz me hace que así sea.
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sábado, 18 de enero de 2014
domingo, 29 de diciembre de 2013
Efímero
Así siento al tiempo por estos días. Sí, pasaron casi dos meses desde mi última entrada en este blog, y en dos meses las cosas pasan, pasan, y siguen pasando, y me doy cuenta de lo irreal que era mi intención de tener un registro actualizado y pormenorizado de la vida de mi hijo menor. Entonces, en vez de frustrarme, trato de relajarme, y me contento con verlo dormir al lado mío, de sentir todo lo lindo de dormir con un bebito, captando por primera vez la nostalgia anticipada por este bebito que ya no será, dejándome bebito-less para siempre.
Vitto, según nuestros planes, es mi último hijo, entonces cada día, semana, mes que pasa es único e irrepetible, no solo en su vida, sino en la mía. Y no le puedo sacar fotos a cada sonrisa, y muchísimo menos puedo hacer algo con las pocas fotos que saco. Me da pena, sí, pero insisto con vivir la vida, con estar con él, con simplemente mirarlo y rogar que las Polaroids mentales que saco se queden conmigo para siempre.
Mientras tanto, Genaro crece tanto que a veces me pregunto qué onda este pibito, de dónde está sacando todas estas cosas nuevas que dice, que hace, que piensa y siente. Claro, mucho de todo eso lo saca de mí, y es divertido encontrarme en él por primera vez, ya que de parecido físico ni hablar. Me escucho en sus tonitos, en sus expresiones ("¿entendido?"), en su práctica de hacer listas mentales de los paso-a-paso de lo que estamos por hacer: Paso 1 nos cambiamos, paso 2 nos vamos a lo de la abuela, paso 3 nos metemos a la pileta. Muy yo.
Está aprendiendo a nadar; ya logró meter la cabeza abajo del agua, y cada vez que lo veo hacerlo es una mezcla de orgullo materno y pánico por posibles otitis. Yo dije que no hay nada en el mundo peor que tener otitis, me retracto: ver a tu hijo padeciéndola debe ser aún peor. Pero entonces, ¿qué? ¿No lo voy a dejar explorar su veta Aquaman, que lo hace tan feliz, por mi miedo de que haya heredado lo peor de mí? ¿Y si no? Su papá jamás tuvo otitis, y él es una persona completamente diferente.
Terminó sala de 2, ahora vamos al jardín posta posta, sólo que ahora turno mañana, igual que su hermanito que también irá al jardín. Veremos cómo nos va a los 4 aceitando una rutina mañanera, preparar y tomar desayunos, vestirse, lavarse los dientes, cambiar pañal, tener bolsos y mochilas a tiempo y completas. Nada fácil.
Yo rendí 3 materias libres del profesorado de Inglés, más una que cursé, más psicología que me imagino la tendré por equivalencia, suman un gran total de 5 casilleros avanzados en la carrera por obtener el papelito que me deje en la más tranquila legalidad. El año que viene tengo la firme intención de cursar 3 materias y rendir otras 3 libres, quedando así a 6 materias del goal. Obviamente esto es mucho más fácil said than done, pero si no es ahora, ¿cuándo?
Trabajar doble turno, corregir, ir al profesorado, estudiar, cuidar de mis hijos, acompañar a mi marido, no desaparecer para todos los demás. No es ese el orden de importancia, claramente, pero eso me depara el 2014. Entonces, necesariamente, tengo una sola resolución personal de Año Nuevo: convertirme en una persona organizada. Agenda, listas leídas, rutinas en casa, horarios fijos que me permitan salir del todo-a-último-momento. Muerte a la procrastinación. Es lo que busco desde siempre, desde que tengo memoria. Nunca estuve ni cerca de lograrlo, y no sé por qué me tengo tanta fe. Será el inminente cambio de década. Será el miedo a que Javi haga cambio de mujer si no me pongo las pilas. No sé. Pero quiero resistir la tentación de agregar cosas a la lista 2014. Concentro todas mis energías en ese único deseo-plan: ORGANIZARME.
Aunque el 2014 sea tan efímero como el ratito que me llevó escribir esto, que ya se terminó.
Vitto, según nuestros planes, es mi último hijo, entonces cada día, semana, mes que pasa es único e irrepetible, no solo en su vida, sino en la mía. Y no le puedo sacar fotos a cada sonrisa, y muchísimo menos puedo hacer algo con las pocas fotos que saco. Me da pena, sí, pero insisto con vivir la vida, con estar con él, con simplemente mirarlo y rogar que las Polaroids mentales que saco se queden conmigo para siempre.
Mientras tanto, Genaro crece tanto que a veces me pregunto qué onda este pibito, de dónde está sacando todas estas cosas nuevas que dice, que hace, que piensa y siente. Claro, mucho de todo eso lo saca de mí, y es divertido encontrarme en él por primera vez, ya que de parecido físico ni hablar. Me escucho en sus tonitos, en sus expresiones ("¿entendido?"), en su práctica de hacer listas mentales de los paso-a-paso de lo que estamos por hacer: Paso 1 nos cambiamos, paso 2 nos vamos a lo de la abuela, paso 3 nos metemos a la pileta. Muy yo.
Está aprendiendo a nadar; ya logró meter la cabeza abajo del agua, y cada vez que lo veo hacerlo es una mezcla de orgullo materno y pánico por posibles otitis. Yo dije que no hay nada en el mundo peor que tener otitis, me retracto: ver a tu hijo padeciéndola debe ser aún peor. Pero entonces, ¿qué? ¿No lo voy a dejar explorar su veta Aquaman, que lo hace tan feliz, por mi miedo de que haya heredado lo peor de mí? ¿Y si no? Su papá jamás tuvo otitis, y él es una persona completamente diferente.
Terminó sala de 2, ahora vamos al jardín posta posta, sólo que ahora turno mañana, igual que su hermanito que también irá al jardín. Veremos cómo nos va a los 4 aceitando una rutina mañanera, preparar y tomar desayunos, vestirse, lavarse los dientes, cambiar pañal, tener bolsos y mochilas a tiempo y completas. Nada fácil.
Yo rendí 3 materias libres del profesorado de Inglés, más una que cursé, más psicología que me imagino la tendré por equivalencia, suman un gran total de 5 casilleros avanzados en la carrera por obtener el papelito que me deje en la más tranquila legalidad. El año que viene tengo la firme intención de cursar 3 materias y rendir otras 3 libres, quedando así a 6 materias del goal. Obviamente esto es mucho más fácil said than done, pero si no es ahora, ¿cuándo?
Trabajar doble turno, corregir, ir al profesorado, estudiar, cuidar de mis hijos, acompañar a mi marido, no desaparecer para todos los demás. No es ese el orden de importancia, claramente, pero eso me depara el 2014. Entonces, necesariamente, tengo una sola resolución personal de Año Nuevo: convertirme en una persona organizada. Agenda, listas leídas, rutinas en casa, horarios fijos que me permitan salir del todo-a-último-momento. Muerte a la procrastinación. Es lo que busco desde siempre, desde que tengo memoria. Nunca estuve ni cerca de lograrlo, y no sé por qué me tengo tanta fe. Será el inminente cambio de década. Será el miedo a que Javi haga cambio de mujer si no me pongo las pilas. No sé. Pero quiero resistir la tentación de agregar cosas a la lista 2014. Concentro todas mis energías en ese único deseo-plan: ORGANIZARME.
Aunque el 2014 sea tan efímero como el ratito que me llevó escribir esto, que ya se terminó.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Lo de la Pili
Fui a la charla de Pilar Sordo el 18 de octubre, así que a esta altura, sólo queda en mi memoria lo que realmente me pegó de lo que dijo. Lo pongo en bullet points así voy más rápido y no me tengo que preocupar por coherence and cohesion (?):
*Empezó por comentar que si la charla hubiese estado destinada a personas de más de 70 años, probablemente la sala hubiese estado vacía (estaba llenísima), porque para la gente de esa edad, la paternidad pasaba por el "panzómetro", es decir, se guiaban por instinto y no necesitaban constantemente la guía de ningún gurú de la crianza que les dijera u orientara sobre cómo ser padres. Primer golpe: me vi completamente reflejada en esa noción de padre joven que apagó el panzómetro. Casi todas las decisiones que he tomado como mamá hasta ahora, fueron basadas en lo leído en un libro, en un blog o hasta en los comments que me escriben. Lo cual no está necesariamente mal per se, pero la verdad, me gustaría tener más confianza en mí como madre para tomar decisiones in situ y quedarme tranquila con ellas, solo porque "soy tu mamá y yo lo digo".
*Habló mucho de la Santísima Trinidad del Dios Pantalla: compu, tele y teléfono. Segundo golpe: soy 100% culpable de ser adoradora de este dios pagano. Esa noche volví a casa y desconecté la Playstation. No, no la tiré, ni la hice desaparecer para siempre. Sólo la hice inaccesible para Genaro, quien ahora solo está autorizado a jugar durante los fines de semana, con su papá. Por mi parte, me puse una regla de pasar tiempo en mi computadora únicamente cuando Geno está en el jardín y Vitto duerme, o una vez que nos acostamos a la noche. Resultados: Geno NO PIDE por la Play durante la semana, el pibe que era adicto y pasaba muchísimas más horas que las recomendables. Y yo sí pido mentalmente por mi compu, y admito que más de una vez he caído en la tentación de "mirar algo rápido, es importante". Pero en general estoy mucho mejor, también bajé el nivel de adicción al teléfono, volví a escribir listas a mano para no tentarme a colgarme mirando Twitter, Pinterest y varios etcs. Claramente no estoy en contra de la tecnología, pero me consta que del uso al abuso se pasa fácil y casi sin darse cuenta...
*Hizo una pregunta aparentemente inocente al público: "¿Qué quieren ustedes para sus hijos?" Y yo, mentalmente, contesté lo que ella dijo que contesta el 90% de los padres: "Que sean felices". Para mí era una respuesta más que aceptable, y lo es, a largo plazo, ponele. Pero en el corto plazo, no deberíamos buscar la felicidad efímera de los niños en todo momento. Señaló algo que fue el mayor palo para mí, lo que más me tortura desde esa noche. Comentó que, en el afán de mantenerlos felices a toda hora, los padres les preguntamos a los chicos qué quieren comer. Y claro, sus respuestas tienden a ser comidas no demasiado nutritivas. Entonces, señalaba Pilar, estamos teniendo un gran problema en Latinoamérica, el de la obesidad infantil, porque los chicos comen más porquerias que sano, "pero mirá qué felices están..." Palazo. Mi hijo no come frutas ni verduras, incluso sin haber probado nunca la gran mayoría. Y yo, por no hacerlo sufrir, por no escucharlo llorar y gritar, por reconocerme a mí misma como la más quisquillosa con la comida, porque soy igual que él pero en lo opuesto, es decir, no como carne salvo contadas excepciones, sólo porque "no me gusta", sin haberlo probado.... lo dejo. Y lo dejo y lo dejo y claro, él es re feliz comiendo solo carne, arroz y fideos, pero.................. Por favor, cuánto me falta en esta área.
*Como siempre, la clave del éxito es una sola. Al igual que en la docencia, lo fundamental en la maternidad/paternidad es la CONSISTENCIA. Una vez que tu hijo entiende que tus 'no' jamás se van a convertir en 'sí', sin importar cuánto insista, grite o patalee en el medio del supermercado, va a dejar de insistir, gritar y patalear; es más, ni lo va a intentar, porque va a saber que no tiene sentido. Esto es lo que más nos cuesta a las madres de mi generación, creo. El "bueno, está bien, pará de llorar, tomá, acá tenés lo que querías". Ay. Le acabamos de demostrar que si llora lo suficientemente fuerte, va a conseguir lo que sea. Entonces, va a llorar. Para eso, es mil veces mejor darle el capricho de entrada...
*Una genialidad, también súper aplicable al colegio: "las madres gritan porque no se mueven". Si nos tomáramos el trabajo de ir adonde está el nenito jugando para pedirle que se cambie en vez de gritárselo desde la cocina o donde estemos, al chiquito en cuestión no le quedaría otra que hacerlo de inmediato, porque no tendría escapatoria ni 'changüí". Al gritarlo, entonces, le estamos dando una especie de botón de snooze de la vida real: suena una vez, "ya voy", dos, "ahora lo hago", 3, 4, el volumen va subiendo y el tono de enojo de la madre también. Según Pilar, cada chico sabe cuántas veces su madre repite las cosas antes de estallar. Y ningún hijo que se precie de serlo va a hacer caso a la primera cuando sabe que tiene 2 o 3 instancias más antes de la debacle... Igual que los adultos no nos levantamos de un salto en cuanto suena el despertador si sabemos que podemos dormir 5, 10, 15 minutitos más, ¿no?
*La charla se llama "No quiero crecer" porque esa era una frase que escuchó repetidas veces en boca de los chicos de sus estudios. Ella lo atribuía a la abulia, el cansancio, la queja constante que los hijos muchas veces ven en sus padres al llegar a casa. Que usamos el "estar cansado" todo el tiempo, para "poder cobrarlo", y que en la carrera por trabajar más y hacer más plata, nos olvidamos de disfrutar de todo lo que la plata y el trabajo nos pueden conseguir. No me sentí especialmente identificada con eso (¿será porque hace meses que no trabajo y sigo cobrando mi sueldo?), pero me pareció una idea interesante, aunque no nueva: detenerse a observar todo lo bueno que tenemos, estar agradecidos por ello, y honrarlo con nuestro disfrute.
*Por último, recuerdo que terminó la charla con un "mimo" hacia los argentinos, ya que dijo que de todos los países que ella había recorrido con sus estudios, fue en nuestro país donde encontró los chicos con mayores capacidades comunicativas y vocabulario más amplio. Ella lo relacionaba con nuestras sobremesas eternas y las juntadas espontáneas, y el hecho de que somos uno de los únicos países de Latinoamérica donde está pre-asumido que cualquier reunión social es con hijos, salvo que se especifique lo contrario. Los chicos, entonces, escuchan hablar a los grandes, los ven comunicarse verbal y no verbalmente, y tienen mayor bagaje para expresarse. Claro que, como dijo, corremos el riesgo de caer frente al Dios Pantalla si no nos cuidamos, y reemplazar la ronda de mates por el grupo de WhatsApp...
All in all, me encantó la charla y volvería a ir a verla, porque todo esto lo relató de una manera muy graciosa que, a pesar de las carcajadas de todo el mundo, seguía bajando línea. Creo que es lo más cercano a la autoayuda que he escuchado, con la cantidad de prejuicios que tengo hacia la autoayuda, pero realmente sentí que me ayudó a ver muchas cosas en mí.
*Empezó por comentar que si la charla hubiese estado destinada a personas de más de 70 años, probablemente la sala hubiese estado vacía (estaba llenísima), porque para la gente de esa edad, la paternidad pasaba por el "panzómetro", es decir, se guiaban por instinto y no necesitaban constantemente la guía de ningún gurú de la crianza que les dijera u orientara sobre cómo ser padres. Primer golpe: me vi completamente reflejada en esa noción de padre joven que apagó el panzómetro. Casi todas las decisiones que he tomado como mamá hasta ahora, fueron basadas en lo leído en un libro, en un blog o hasta en los comments que me escriben. Lo cual no está necesariamente mal per se, pero la verdad, me gustaría tener más confianza en mí como madre para tomar decisiones in situ y quedarme tranquila con ellas, solo porque "soy tu mamá y yo lo digo".
*Habló mucho de la Santísima Trinidad del Dios Pantalla: compu, tele y teléfono. Segundo golpe: soy 100% culpable de ser adoradora de este dios pagano. Esa noche volví a casa y desconecté la Playstation. No, no la tiré, ni la hice desaparecer para siempre. Sólo la hice inaccesible para Genaro, quien ahora solo está autorizado a jugar durante los fines de semana, con su papá. Por mi parte, me puse una regla de pasar tiempo en mi computadora únicamente cuando Geno está en el jardín y Vitto duerme, o una vez que nos acostamos a la noche. Resultados: Geno NO PIDE por la Play durante la semana, el pibe que era adicto y pasaba muchísimas más horas que las recomendables. Y yo sí pido mentalmente por mi compu, y admito que más de una vez he caído en la tentación de "mirar algo rápido, es importante". Pero en general estoy mucho mejor, también bajé el nivel de adicción al teléfono, volví a escribir listas a mano para no tentarme a colgarme mirando Twitter, Pinterest y varios etcs. Claramente no estoy en contra de la tecnología, pero me consta que del uso al abuso se pasa fácil y casi sin darse cuenta...
*Hizo una pregunta aparentemente inocente al público: "¿Qué quieren ustedes para sus hijos?" Y yo, mentalmente, contesté lo que ella dijo que contesta el 90% de los padres: "Que sean felices". Para mí era una respuesta más que aceptable, y lo es, a largo plazo, ponele. Pero en el corto plazo, no deberíamos buscar la felicidad efímera de los niños en todo momento. Señaló algo que fue el mayor palo para mí, lo que más me tortura desde esa noche. Comentó que, en el afán de mantenerlos felices a toda hora, los padres les preguntamos a los chicos qué quieren comer. Y claro, sus respuestas tienden a ser comidas no demasiado nutritivas. Entonces, señalaba Pilar, estamos teniendo un gran problema en Latinoamérica, el de la obesidad infantil, porque los chicos comen más porquerias que sano, "pero mirá qué felices están..." Palazo. Mi hijo no come frutas ni verduras, incluso sin haber probado nunca la gran mayoría. Y yo, por no hacerlo sufrir, por no escucharlo llorar y gritar, por reconocerme a mí misma como la más quisquillosa con la comida, porque soy igual que él pero en lo opuesto, es decir, no como carne salvo contadas excepciones, sólo porque "no me gusta", sin haberlo probado.... lo dejo. Y lo dejo y lo dejo y claro, él es re feliz comiendo solo carne, arroz y fideos, pero.................. Por favor, cuánto me falta en esta área.
*Como siempre, la clave del éxito es una sola. Al igual que en la docencia, lo fundamental en la maternidad/paternidad es la CONSISTENCIA. Una vez que tu hijo entiende que tus 'no' jamás se van a convertir en 'sí', sin importar cuánto insista, grite o patalee en el medio del supermercado, va a dejar de insistir, gritar y patalear; es más, ni lo va a intentar, porque va a saber que no tiene sentido. Esto es lo que más nos cuesta a las madres de mi generación, creo. El "bueno, está bien, pará de llorar, tomá, acá tenés lo que querías". Ay. Le acabamos de demostrar que si llora lo suficientemente fuerte, va a conseguir lo que sea. Entonces, va a llorar. Para eso, es mil veces mejor darle el capricho de entrada...
*Una genialidad, también súper aplicable al colegio: "las madres gritan porque no se mueven". Si nos tomáramos el trabajo de ir adonde está el nenito jugando para pedirle que se cambie en vez de gritárselo desde la cocina o donde estemos, al chiquito en cuestión no le quedaría otra que hacerlo de inmediato, porque no tendría escapatoria ni 'changüí". Al gritarlo, entonces, le estamos dando una especie de botón de snooze de la vida real: suena una vez, "ya voy", dos, "ahora lo hago", 3, 4, el volumen va subiendo y el tono de enojo de la madre también. Según Pilar, cada chico sabe cuántas veces su madre repite las cosas antes de estallar. Y ningún hijo que se precie de serlo va a hacer caso a la primera cuando sabe que tiene 2 o 3 instancias más antes de la debacle... Igual que los adultos no nos levantamos de un salto en cuanto suena el despertador si sabemos que podemos dormir 5, 10, 15 minutitos más, ¿no?
*La charla se llama "No quiero crecer" porque esa era una frase que escuchó repetidas veces en boca de los chicos de sus estudios. Ella lo atribuía a la abulia, el cansancio, la queja constante que los hijos muchas veces ven en sus padres al llegar a casa. Que usamos el "estar cansado" todo el tiempo, para "poder cobrarlo", y que en la carrera por trabajar más y hacer más plata, nos olvidamos de disfrutar de todo lo que la plata y el trabajo nos pueden conseguir. No me sentí especialmente identificada con eso (¿será porque hace meses que no trabajo y sigo cobrando mi sueldo?), pero me pareció una idea interesante, aunque no nueva: detenerse a observar todo lo bueno que tenemos, estar agradecidos por ello, y honrarlo con nuestro disfrute.
*Por último, recuerdo que terminó la charla con un "mimo" hacia los argentinos, ya que dijo que de todos los países que ella había recorrido con sus estudios, fue en nuestro país donde encontró los chicos con mayores capacidades comunicativas y vocabulario más amplio. Ella lo relacionaba con nuestras sobremesas eternas y las juntadas espontáneas, y el hecho de que somos uno de los únicos países de Latinoamérica donde está pre-asumido que cualquier reunión social es con hijos, salvo que se especifique lo contrario. Los chicos, entonces, escuchan hablar a los grandes, los ven comunicarse verbal y no verbalmente, y tienen mayor bagaje para expresarse. Claro que, como dijo, corremos el riesgo de caer frente al Dios Pantalla si no nos cuidamos, y reemplazar la ronda de mates por el grupo de WhatsApp...
All in all, me encantó la charla y volvería a ir a verla, porque todo esto lo relató de una manera muy graciosa que, a pesar de las carcajadas de todo el mundo, seguía bajando línea. Creo que es lo más cercano a la autoayuda que he escuchado, con la cantidad de prejuicios que tengo hacia la autoayuda, pero realmente sentí que me ayudó a ver muchas cosas en mí.
lunes, 21 de octubre de 2013
El fin de semana del año
Primero: ¿última publicación 27 de septiembre? ¿Hace casi un mes? ¿Soy boluda? Si la idea era llevar un diario actualizado de este puerperio, de esta licencia, de este niño que vino a completarme de tantas maneras....
En fin. Debe ser que ando tan feliz y cuando uno anda feliz es más difícil sentarse a escribir públicamente, supongo que por miedo de quedar como agrandada o mentirosa o que te querés hacer la capa. Supongo.
La realidad es que sí me pasan cosas no tan buenas, obvio, pero el balance me sigue dando positivo. Porque a esas cosas que no me gustan, tengo ganas de cambiarlas. Y hago planes con serias intenciones de cumplirlos, y la neurosis baja casi instantáneamente.
Mi gran preocupación estos días es la conducta de Genaro. Sí, tiene 3 años. Sí, acaba de tener un hermano. Pero eso no lo desliga de su responsabilidad como niño, como hijo, de ser educado y responsable dentro de lo esperable. De hacer caso y respetar a sus mayores. Y también de jugar y divertirse como un chico de su edad, no como un zombie adolescente que no puede salir de la Play y la computadora.
Un poco por todo esto, el viernes fui con mi suegra a ver a Pilar Sordo al ND Ateneo. Y muchas de las cosas que dijo me quedaron grabadas a fuego, porque me hicieron ver claramente por dónde pasaban mis errores para con él. Pero el tema es largo, así que lo dejo para otro post.
El sábado a la mañana fue el bautismo de mi ahijada Feli, la hija de mi amiga M. Ya lo dije muchas veces, pero el hecho de tener ahijados fuera del contrato explícito que tengo con mis hermanas, me genera una emoción que no puedo describir. La forma en que los hijos están uniéndome con mis amigas a la vez que redefinen nuestras relaciones, también es largo y da para otro post, así que ya lo retomaré.
Finalmente, ayer domingo coincidieron mi cumpleaños y el Día de la Madre. La superposición de fechas, que al principio me parecía un bajón, terminó estando muy buena, porque pude festejar por partida triple: al mediodía con mi familia, a la tarde con amigos, y a la noche con mi familia política. 3 tortas, 9 deseos, nada mal. El único inconveniente es que llegué a la recta "final": son mis últimos veinti, lo que significa que tengo 364 días para cumplir un montón de cosas que quiero lograr antes de los 30. Y eso, más que para un post, da para escribir un blog entero, y quién les dice? Quizás lo haga.
Volveré y seré millones de fotos de todos estos eventos. Peace out.
En fin. Debe ser que ando tan feliz y cuando uno anda feliz es más difícil sentarse a escribir públicamente, supongo que por miedo de quedar como agrandada o mentirosa o que te querés hacer la capa. Supongo.
La realidad es que sí me pasan cosas no tan buenas, obvio, pero el balance me sigue dando positivo. Porque a esas cosas que no me gustan, tengo ganas de cambiarlas. Y hago planes con serias intenciones de cumplirlos, y la neurosis baja casi instantáneamente.
Mi gran preocupación estos días es la conducta de Genaro. Sí, tiene 3 años. Sí, acaba de tener un hermano. Pero eso no lo desliga de su responsabilidad como niño, como hijo, de ser educado y responsable dentro de lo esperable. De hacer caso y respetar a sus mayores. Y también de jugar y divertirse como un chico de su edad, no como un zombie adolescente que no puede salir de la Play y la computadora.
Un poco por todo esto, el viernes fui con mi suegra a ver a Pilar Sordo al ND Ateneo. Y muchas de las cosas que dijo me quedaron grabadas a fuego, porque me hicieron ver claramente por dónde pasaban mis errores para con él. Pero el tema es largo, así que lo dejo para otro post.
El sábado a la mañana fue el bautismo de mi ahijada Feli, la hija de mi amiga M. Ya lo dije muchas veces, pero el hecho de tener ahijados fuera del contrato explícito que tengo con mis hermanas, me genera una emoción que no puedo describir. La forma en que los hijos están uniéndome con mis amigas a la vez que redefinen nuestras relaciones, también es largo y da para otro post, así que ya lo retomaré.
Finalmente, ayer domingo coincidieron mi cumpleaños y el Día de la Madre. La superposición de fechas, que al principio me parecía un bajón, terminó estando muy buena, porque pude festejar por partida triple: al mediodía con mi familia, a la tarde con amigos, y a la noche con mi familia política. 3 tortas, 9 deseos, nada mal. El único inconveniente es que llegué a la recta "final": son mis últimos veinti, lo que significa que tengo 364 días para cumplir un montón de cosas que quiero lograr antes de los 30. Y eso, más que para un post, da para escribir un blog entero, y quién les dice? Quizás lo haga.
Volveré y seré millones de fotos de todos estos eventos. Peace out.
martes, 17 de septiembre de 2013
Finding my Happy
No quiero hacerme la genia ni la de la vida perfecta. Por supuesto que mi vida podría ser mejor, principalmente si yo fuese mejor. Pero la realidad es que estoy descubriendo que soy feliz, no por tener todo, sino porque lo que tengo, me alcanza.
Podría tener una casa más grande y linda, ese es mi mayor anhelo material, pero la casa que tenemos está tan llena de amor, tan atiborrada de cosas que me recuerdan todo lo que estamos construyendo con Javi como familia, que me es imposible no quererla.
Podría tener una vida más organizada, pero el caos es inherente a nosotros y aunque estoy haciendo lo posible por empezar a aceitar nuestras rutinas, la verdad es que en el fondo sé que mi casa nunca va a ser la de Marce (que conocí personalmente y desde ese día no puedo dejar de pensar en ese living comedor) y mi agenda nunca va a ser demasiado respetada. Y eso está bien, porque estoy apuntando a mi propio good enough, a ir subiendo mi standard de a poquito.
Mis hijos podrían ser más lindos, pero... ja! No, mentira, no podrían.
Mi marido podría ser más romántico o atento a los detalles, pero jamás, jamás cambiaría nada de él, por miedo a sin querer modificar alguna de las miles de cosas buenas que tiene y que amo.
Y yo, bueno, qué decir, hay muchísimo lugar para mejorar, para crecer, para tonificar, para aprender. Pero en vez de compararme con la Ana de casa perfecta que solo puede existir en mi imaginación, me comparo con otras versiones de mí misma que he conocido y a las que nunca quiero volver. Yo cambié, y sigo transformándome, esperando que sea siempre para mejor.
Paso a paso, baby steps, pero disfrutando cada centímetro del camino. Así estoy.
Podría tener una casa más grande y linda, ese es mi mayor anhelo material, pero la casa que tenemos está tan llena de amor, tan atiborrada de cosas que me recuerdan todo lo que estamos construyendo con Javi como familia, que me es imposible no quererla.
Podría tener una vida más organizada, pero el caos es inherente a nosotros y aunque estoy haciendo lo posible por empezar a aceitar nuestras rutinas, la verdad es que en el fondo sé que mi casa nunca va a ser la de Marce (que conocí personalmente y desde ese día no puedo dejar de pensar en ese living comedor) y mi agenda nunca va a ser demasiado respetada. Y eso está bien, porque estoy apuntando a mi propio good enough, a ir subiendo mi standard de a poquito.
Mis hijos podrían ser más lindos, pero... ja! No, mentira, no podrían.
Mi marido podría ser más romántico o atento a los detalles, pero jamás, jamás cambiaría nada de él, por miedo a sin querer modificar alguna de las miles de cosas buenas que tiene y que amo.
Y yo, bueno, qué decir, hay muchísimo lugar para mejorar, para crecer, para tonificar, para aprender. Pero en vez de compararme con la Ana de casa perfecta que solo puede existir en mi imaginación, me comparo con otras versiones de mí misma que he conocido y a las que nunca quiero volver. Yo cambié, y sigo transformándome, esperando que sea siempre para mejor.
Paso a paso, baby steps, pero disfrutando cada centímetro del camino. Así estoy.
jueves, 5 de septiembre de 2013
El temita
Este es un post difícil de escribir, porque es sobre un tema difícil de tratar. Sin embargo, siento que hasta que no toque este tema no me voy a sentir completamente libre y sincera para hablar de cualquier otra cosa. Sé que si este blog tuviese miles de seguidores, o si fuese otro el contexto, hablar de esto podría desatar una guerra cruel y sin fin, pero ustedes van a saber leerme y entenderme, o al menos respetarme.
Voy al punto de lo que quiero contar: Vitto, por una decisión exclusivamente mía, no tomó ni va a tomar la teta. Esto se decidió a las pocas horas de que naciera, cuando tuve que llamar a una enfermera de nursery para que me ayudara porque yo estaba llorando de dolor, y él, de hambre y frustración. Ella vino y constató lo que me temía: Vitto se estaba prendiendo mal, tanto que ya tenía un hematoma sobre un pezón, y el otro empezaba a agrietarse. Además, mi piel, muy blanca, se lastima más fácil (o algo así), y el bebé, tan grande, tenía una succión muy fuerte y ya se perfilaba muy demandante en cuanto a cantidad de leche.
Todas estas podrían tomarse como pequeñas excusas semi válidas, pero la verdadera señal de alarma se me prendió cuando la enfermera preguntó: "Esto es muy sencillo: vos, ¿querés darle la teta, o no querés darle la teta a tu bebé?" y en mi cabeza se escuchó un fuerte y clarísimo NO, NO QUIERO! Obviamente la pregunta era retórica, porque, ¿qué clase de monstruo podría no querer darle la teta a su hijo? This monster, right here.
Ahora bien, hago un paréntesis para aclarar que de ninguna manera quiero hacer apología de la no-lactancia. Entiendo y sé perfectamente que es el mejor alimento que puede recibir un bebé y que tiene muchas ventajas que van más allá de lo nutricional, por eso aplaudo a las mujeres que dan la teta, en especial a las que se esfuerzan por hacerlo aunque no les sea lo más fácil ni placentero del mundo.
Lo mío, yo sentía, era más que solo sentir dolor al dar la teta. En cuanto Vitto empezó a prenderse, y prenderse mal, volvieron a mí los monstruos que me acompañaron durante los primeros dos meses de Geno. Esos que me convencieron de lo horrible que es convivir con recién nacidos, esos seres diminutos que literalmente se cuelgan de tus tetas y te convierten en su esclava. Y yo no quería volver a sentir eso. Quería amar a este bebé con todo mi ser, como siempre escuché que las mamás aman a sus bebitos.
Entonces junté coraje y, entre lágrimas, le confesé todo esto a la enfermera. Le conté de mi mala experiencia con Geno, cómo nunca pude darle la teta sin pezonera y sin dolor punzante, cómo yo sentía que nunca me había podido conectar del todo con él de bebé, principalmente porque odiaba que se despertara y llorara porque significaba que otra vez me tocaba sufrir. Le dije, también, que me iba a tener que quedar sola con los dos en casa, y que temía que el vínculo entre hermanos pudiera resentirse si Geno veía que Vitto me causaba tanto dolor. Ahora, en retrospectiva, veo que esto último debe ser un enrosque mío, pero en el momento esa idea me preocupaba de verdad.
Contra todo pronóstico, la enfermera fue súper comprensiva y accesible y enseguida se puso a mi disposición para ayudarnos a hacer las cosas lo mejor posible. Vitto tomó, primero, un poquito de fórmula de una jeringa, para darme tiempo a mí a calmarme y pensar si realmente estaba segura de lo que estaba por hacer. Y sí, yo estaba segura. Por eso al otro día ya empezaron a traernos formalmente la mamadera cada 3 hs.
Insisto, no quiero hacer apología de esto, pero en mí caso, no amamantar hizo toda la diferencia. Por empezar, el bebé está súper bien alimentado -toma 100ml de fórmula cada 2,5/3 hs-, duerme bien, se queda tranquilo, y , lo más importante, tiene una mamá mentalmente equilibrada y tranquila que realmente disfruta de estar con él, de darle la leche, de mirarlo y mimarlo. Y para mí, -de nuevo, sólo para mí- eso es más importante que cualquier nutriente que mi leche le pueda dar.
El pediatra, en nuestra primera consulta, un poco se burló de mí, porque dijo que yo estaba tan a la defensiva con el tema que entré y le dije "Hola, este es Victorio, no le estoy dando la teta". Sí, es verdad, estoy a la defensiva porque me resulta un tema muy delicado. Me pregunté mil veces si no le estaré arruinando la vida para siempre, y, sorpresivamente, las que más lograron calmarme fueron las enfermeras de nursery del hospital, las más pro-lactancia que hay. Me dijeron que me quedara tranquila, que nutricionalmente, la fórmula iba a cubrir las necesidades del bebé, que yo tenía que preocuparme por lograr la otra parte importante de la lactancia, que es el apego, el contacto con el bebé. Y ahí sí me cerró el tema, porque yo siento que tomé esta decisión precisamente para lograr ese apego.
Así andamos, entonces, meta esterilizar mamaderas y buscando el mejor sistema para calentarlas a la noche, tarea que hasta el momento le toca exclusivamente a Javi, ya que después soy yo la que le da la leche a Vitto y se queda con él hasta que se vuelve a dormir.
Mi mensaje la humanidad es el siguiente: si podés, da la teta, o promové que tu mujer la dé. Pero si no podés, o no querés, o si tu mujer no quiere o no puede, no es el fin del mundo. Yo estoy descubriendo un posparto de remeras secas, de pezones que no duelen, de corpiños sin agujeros, de libertad física y real, de elegir quedarme del bebé la mayor parte del tiempo porque quiero, y no porque soy su única fuente de alimentación, su dispenser de leche.
Para cerrar, si hay alguna preguntándose cómo funciona el tema para la mamá, es muy sencillo. Básicamente, hay que tratar a las tetas en la forma inversa en que se las trata para la lactancia. En vez de airearlas y dejarlas destapadas, ya en el hospital me dieron una faja y me indicaron mantenerla bien apretada. En vez de estimularlas, hay que evitar tocarlas, incluso en la ducha. Y además, para completar la inhibición, hay que tomar unas pastillas. En mi caso, la primera dosis no alcanzó, se me llenaron las lolas de leche y se me pusieron muy duras. Consulté urgentemente a la guardia de obstetricia, porque fueron muy insistentes con el tema ya que eso podía desencadenar en una mastitis y una infección, y me indicaron vaciármelas (con la mano, ay cómo dolió!) y repetir la dosis de medicación. Y a partir de ahí, sí, nunca más tuve leche. Pero fui, y soy, una mamá feliz.
Voy al punto de lo que quiero contar: Vitto, por una decisión exclusivamente mía, no tomó ni va a tomar la teta. Esto se decidió a las pocas horas de que naciera, cuando tuve que llamar a una enfermera de nursery para que me ayudara porque yo estaba llorando de dolor, y él, de hambre y frustración. Ella vino y constató lo que me temía: Vitto se estaba prendiendo mal, tanto que ya tenía un hematoma sobre un pezón, y el otro empezaba a agrietarse. Además, mi piel, muy blanca, se lastima más fácil (o algo así), y el bebé, tan grande, tenía una succión muy fuerte y ya se perfilaba muy demandante en cuanto a cantidad de leche.
Todas estas podrían tomarse como pequeñas excusas semi válidas, pero la verdadera señal de alarma se me prendió cuando la enfermera preguntó: "Esto es muy sencillo: vos, ¿querés darle la teta, o no querés darle la teta a tu bebé?" y en mi cabeza se escuchó un fuerte y clarísimo NO, NO QUIERO! Obviamente la pregunta era retórica, porque, ¿qué clase de monstruo podría no querer darle la teta a su hijo? This monster, right here.
Ahora bien, hago un paréntesis para aclarar que de ninguna manera quiero hacer apología de la no-lactancia. Entiendo y sé perfectamente que es el mejor alimento que puede recibir un bebé y que tiene muchas ventajas que van más allá de lo nutricional, por eso aplaudo a las mujeres que dan la teta, en especial a las que se esfuerzan por hacerlo aunque no les sea lo más fácil ni placentero del mundo.
Lo mío, yo sentía, era más que solo sentir dolor al dar la teta. En cuanto Vitto empezó a prenderse, y prenderse mal, volvieron a mí los monstruos que me acompañaron durante los primeros dos meses de Geno. Esos que me convencieron de lo horrible que es convivir con recién nacidos, esos seres diminutos que literalmente se cuelgan de tus tetas y te convierten en su esclava. Y yo no quería volver a sentir eso. Quería amar a este bebé con todo mi ser, como siempre escuché que las mamás aman a sus bebitos.
Entonces junté coraje y, entre lágrimas, le confesé todo esto a la enfermera. Le conté de mi mala experiencia con Geno, cómo nunca pude darle la teta sin pezonera y sin dolor punzante, cómo yo sentía que nunca me había podido conectar del todo con él de bebé, principalmente porque odiaba que se despertara y llorara porque significaba que otra vez me tocaba sufrir. Le dije, también, que me iba a tener que quedar sola con los dos en casa, y que temía que el vínculo entre hermanos pudiera resentirse si Geno veía que Vitto me causaba tanto dolor. Ahora, en retrospectiva, veo que esto último debe ser un enrosque mío, pero en el momento esa idea me preocupaba de verdad.
Contra todo pronóstico, la enfermera fue súper comprensiva y accesible y enseguida se puso a mi disposición para ayudarnos a hacer las cosas lo mejor posible. Vitto tomó, primero, un poquito de fórmula de una jeringa, para darme tiempo a mí a calmarme y pensar si realmente estaba segura de lo que estaba por hacer. Y sí, yo estaba segura. Por eso al otro día ya empezaron a traernos formalmente la mamadera cada 3 hs.
Insisto, no quiero hacer apología de esto, pero en mí caso, no amamantar hizo toda la diferencia. Por empezar, el bebé está súper bien alimentado -toma 100ml de fórmula cada 2,5/3 hs-, duerme bien, se queda tranquilo, y , lo más importante, tiene una mamá mentalmente equilibrada y tranquila que realmente disfruta de estar con él, de darle la leche, de mirarlo y mimarlo. Y para mí, -de nuevo, sólo para mí- eso es más importante que cualquier nutriente que mi leche le pueda dar.
El pediatra, en nuestra primera consulta, un poco se burló de mí, porque dijo que yo estaba tan a la defensiva con el tema que entré y le dije "Hola, este es Victorio, no le estoy dando la teta". Sí, es verdad, estoy a la defensiva porque me resulta un tema muy delicado. Me pregunté mil veces si no le estaré arruinando la vida para siempre, y, sorpresivamente, las que más lograron calmarme fueron las enfermeras de nursery del hospital, las más pro-lactancia que hay. Me dijeron que me quedara tranquila, que nutricionalmente, la fórmula iba a cubrir las necesidades del bebé, que yo tenía que preocuparme por lograr la otra parte importante de la lactancia, que es el apego, el contacto con el bebé. Y ahí sí me cerró el tema, porque yo siento que tomé esta decisión precisamente para lograr ese apego.
Así andamos, entonces, meta esterilizar mamaderas y buscando el mejor sistema para calentarlas a la noche, tarea que hasta el momento le toca exclusivamente a Javi, ya que después soy yo la que le da la leche a Vitto y se queda con él hasta que se vuelve a dormir.
Mi mensaje la humanidad es el siguiente: si podés, da la teta, o promové que tu mujer la dé. Pero si no podés, o no querés, o si tu mujer no quiere o no puede, no es el fin del mundo. Yo estoy descubriendo un posparto de remeras secas, de pezones que no duelen, de corpiños sin agujeros, de libertad física y real, de elegir quedarme del bebé la mayor parte del tiempo porque quiero, y no porque soy su única fuente de alimentación, su dispenser de leche.
Para cerrar, si hay alguna preguntándose cómo funciona el tema para la mamá, es muy sencillo. Básicamente, hay que tratar a las tetas en la forma inversa en que se las trata para la lactancia. En vez de airearlas y dejarlas destapadas, ya en el hospital me dieron una faja y me indicaron mantenerla bien apretada. En vez de estimularlas, hay que evitar tocarlas, incluso en la ducha. Y además, para completar la inhibición, hay que tomar unas pastillas. En mi caso, la primera dosis no alcanzó, se me llenaron las lolas de leche y se me pusieron muy duras. Consulté urgentemente a la guardia de obstetricia, porque fueron muy insistentes con el tema ya que eso podía desencadenar en una mastitis y una infección, y me indicaron vaciármelas (con la mano, ay cómo dolió!) y repetir la dosis de medicación. Y a partir de ahí, sí, nunca más tuve leche. Pero fui, y soy, una mamá feliz.
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